Sinbragueros y a lo loco ♥

jueves, 9 de octubre de 2014

Escudo férreo son sus manos con las mías.

Nunca la verdad es tan plena como cuando le miro a los ojos. Son los días de lluvia los que me hacen ver las cosas claras, y su mirada siempre me deja pensativa. Como cuando desayuno por las mañanas, y aún con los ojos medio cerrados, saboreo el primer trago de café del día. Es como una chasquido, y todo se convierte en perfección. Pues eso mismo es abrazarle, y notar de pronto como me rodea su brazo protector y me aprieta contra su pecho. Y es que ese es mi único hogar. La explosión y sus mordiscos. Sus enfados y su risa. Sobre todo su risa.
A veces pienso si es él quien me deja sin inspiración. Pero sé que no. Que me entrega hasta su alma en cada beso, y me deja sin respiración a media oreja. Como si no hubiera nada más en el mundo. Y eso, me recuerda que no me lo merezco. A lo mejor por eso mismo, he vuelto a escribir hoy, después de que la tormenta pasara y volviese a su verdadera cama. Porque mi vida gira a su alrededor, como un tío vivo, o una noria. Y nunca cesa. Y sin embargo su sonrisa me vuelve a dar esperanzas. De que no me abandone.
Y es que desde que es mi debilidad, no recuerdo un sólo día sin el nudo en el estómago, sin el miedo a perderle, o perderme yo (de nuevo).


No sé si es poesía o nosotros contra el mundo. Pero déjame decirte que suena de maravilla

lunes, 18 de agosto de 2014

Indisoluble.

Es como sentir el viento rozarte, las teclas de un piano bajo las yemas de tus dedos, las lágrimas rodando por el precipicio del tiempo,y el tiempo perdiéndose en tu mirada. Es como mil millones de palabras que significan una sola, pero que no pueden expresarse. Son las ganas de cambiar el mundo, de sentir que pertences a un pedazo de su cuerpo. Una parte de sus lunares, de su sonrisa de medio lado, o una parte de su paraíso. De su cama, de su despertar. A veces es tan sólo la vista perdida en el horizonte, el sol rozando las olas al fondo del paísaje, una nota alegre en una partitura triste, una metáfora eterna, una hipérbole. Es darle la vuelta al sentido, es perderlo del todo. Es tortura, quemazón, lágrimas emborronadas por culpa de su silencio. Es tempestad, es calma. Es el barco que se mece con su vaivén. Es una pluma blanca, deslizandose suave, cayendo. Es una búsqueda incesante de algo que llevas por dentro. Es una rima en un libro desconocido, es mirar a los ojos en un momento determinado, cuando la tristeza se queda a un lado pero aún te queda el café de madrugada. Es impaciencia por llegar, es prisa por aparecer, por no desperdiciar los segundos demás. Es ruido, es silencio. Es una aguja en un pajar, un millar de cientos. Es una sinfonía completa, de arriba abajo, de derecha a izquierda, de piano a adaggio, de séptima a novena. Es una canción sin terminar, la sensación de insconsciencia. Es no saber a qué aferrarse cuando la marea te lleva lejos. Es un árbol en primavera, sus hojas, sus flores, sus pájaros piando en lo alto de su copa. Es una sensación gigante, que no se expresa. Es infinito, es miedo, coraje, rabia, risa, cordura y locura al mismo tiempo. Es amor.



Querer no siempre es fácil, pero nada es imposible.

miércoles, 11 de junio de 2014

Soy.

Soy esa masa corpórea, que se esconde tras su propia piel.
Soy la chica que se oculta de quien quiere por miedo a fracasar.
Soy esa vida incorrecta, que sólo quiere ser una parte más grande de lo que le corresponde.
Soy esa canción que oyes, pero no escuchas.
Soy un barco a la deriva.
Soy risa, y tus lunares al amanecer.
Soy la no inspiración de los días de verano.
Soy el vacío que dejan los domingos sin tu cuerpo en mi trocito de paraíso.
Soy metáfora, personificación, hipérbole.
Soy palabras bonitas, guardadas en un bote de cristal para que nunca se rompan los deseos de ser quien debería.
Soy frases largas sin sentido, la dulce ironía del destino.
Soy el fuego crepitando, de dentro afuera.
Soy esfuerzo, calma, silencio y miles de palabras aleteando en el cerebro.
A veces soy una cabeza hueca, o un no indeciso.
Soy repetición, soy indeterminación, soy ilógica conocida, y me gusta reconocerlo.
Soy miles de palabras que a veces son leídas, y dan miedo por el poco sentido que tienen cada una de ellas. Pero si las juntas, unas veces es mi cabeza, o mi corazón.
Otras sólo soy yo.


Incluso así, a veces ni siquiera soy

jueves, 9 de enero de 2014

Lucero verde



Yo era un alma libre de madrugada en madrugada. De anochecer en atardecer. Vivía para no dormir, y dormía para no desfallecer, de vez en cuando. Seguía los caminos que creía conocer, donde la máxima prioridad era perderse y no encontrarse. Emborracharse de amores de una noche, de cuerpos desnudos. Sólo trataba de beberme hasta el agua de los floreros y no morir en el intento.
Y entonces aparecieron dos luceros verdes que me devolvieron la vida que había perdido durante cada luna llena. Me cogió la cara entre las manos y posó por primera vez sus labios sobre los míos con la suavidad más pasmosa de la historia. Y creo que fue ahí donde aprendí lo que era de verdad rozarse la piel, buscar el miedo de perder esas caricias en cada vuelta de hoja, porque aquello era más que una aventura. Era una sucesión de historias que sólo buscaban un futuro bien lejano, en el que el pelo cano poblara nuestras cabezas y el fuego crepitara bajo nuestras arrugas. Pero entonces comprendí lo fácil que se resquebraja un corazón, y lo rápido que se hace añicos cuando se aleja la única luz que te llevaba por el camino correcto. Y se fue con otro lucero, otra vida salvada en un intento desesperado de salir de sí misma, pero sin saber que no era más que una habitación sin salida. Porque el gran error de su vida era querer demasiado. A todo el mundo.
Y él se la llevó. Pero se la llevó aún más lejos. Se fue a medio camino entre el “te quiero” y el “te hiero”. Porque había encontrado lo único que no le haría feliz, había encontrado su perdición cuando sólo quería reencontrarse. Y no me cansaré de decirlo. Él se la llevo a las nubes, un poquito más arriba. Sólo que en vez de azul y blanco, su mundo se había tornado de color rojo escarlata, aquel color que bombeaba su corazón a cada segundo por su delicado cuerpo. Y se rompió en pedazos. Como una muñeca de porcelana.
Se la llevó el viento de una caja de cristal, donde yo guardé mis lágrimas para que nunca olvidara quién habría querido morir con ella, e incluso por ella.

Y desde aquel dieciocho de febrero la vida se volvió una tormenta constante. Y yo iba en un barco sin vela hacia un horizonte desconocido. Sin mi lucero verde.


Y así fue como perdí el norte, la cabeza y tierra firme.