Sinbragueros y a lo loco ♥

miércoles, 27 de julio de 2011

Las playas desiertaas de Madrid

Siete tardes después, el sol seguía siendo tan insoportablemente caluroso como el primer día, solo que ahora ya no necesitaba sus besos. Había aprendido a olvidar todas aquellas mañanas enrededa en su mirada; el pasado estaba encerrado ya entre paredes de cemento gris, y tan solo buscaba razón de ser en el día a día. Su cama violeta, sus tés verdes y sus calcetines de colores hacían un poco más llevadera su nueva vida alejada del murmullo de las olas; un traslado sin recuerdos merecedores de ese nombre. El reloj seguía su curso, sus zapatillas rojas colgaban de la última cuerda del nuevo tendedero, los platos limpios escurrían en quién sabe qué era aquello, las cartas blancas de un tal Ben, hechas ceniza en un contenedor a dos kilómetros alejado de su puerta. Estaba claro que nada le haría regresar a su cabeza. Matha aún creía que para ella, Ben había desaparecido de la faz de la tierra.. Pero estaba más que equivocada.

viernes, 15 de julio de 2011

Es el colocón que arrastramos.

A veces lo que esperas es peor si lo comparas con lo inesperado. Pero cuando todas las señales apuntan hacia lo que nunca ha pasado por tu mente, las cosas cambian de rumbo y el destino juega con el tuyo. Es la razón por lo que nos aferramos a la esperanza, y básicamente es lo que nos hace continuar día a día, momento a momento, segundo a segundo. Y cuando caminas demasiado hacia delante, las cosas no son siempre predecibles. Y yo tengo la prueba; soy indecisa, pero no tanto.


La felicidad está en las cosas que no planeas, en las que no ves venir.

martes, 5 de julio de 2011

Abrumadora irrealidad.

Por aquel entonces, cantabas en un bar de copas y tocabas como los ángeles. Siempre estuve de acuerdo que aquel no era sitio para alguien como tú; pero tú reías y me hacías callar con un beso en la mejilla. Fue también durante aquellos tres meses que estuve en Berlín, cuando me enamoré perdidamente de Sam, un chico de ciudad con grandes ambiciones. Él era alto, para nada desgarbado y con un estilo admirable, pero no podía compararse a ti. Sin embargo de esto no me percaté hasta cierto tiempo después, cuando le encontré en nuestra cama -o en la que suponía que era nuestra- con otra mujer, al parecer de su misma empresa. Así, abatida, regresé a aquel bar de mala muerte donde cada noche deleitabas a un par de perros sin dinero, que buscaban cobijo en aquellas cuatro paredes mugrientas y algo de comer. Pero esta vez, no sé cómo, acabé en tu cama. E, irónico, tú estabas a mi lado.

Tanto tiempo de amistad había forjado algo mucho más grande, algo mucho más fuerte.