Sinbragueros y a lo loco ♥

domingo, 23 de diciembre de 2012

The last one.

Le encontré deambulando por las calles que daban a mi casa, de un lado a otro, de acera en acera. Le vi por la ventana del dormitorio, con su pelo revuelto y su barba de dos o tres días. Con sus vaqueros desgastados que tan bien le caían sobre las caderas, y ese aire enigmático que tanto me desesperaba. De vez en cuando se llevaba una mano a la cabeza y murmuraba algo para sus adentros, pero seguía caminando sin despegar la mirada del suelo. Estaba claro que no sabía que le espiaba. De hecho, es posible que ni siquiera se lo imaginara. Se paró ante mi portal, cogió aire e hizo amago de pulsar el botón de mi piso, cuando su mirada se encontró con la mía. Había esperado tanto el momento de encontrarme de nuevo con esos ojos negros, que cuando ocurrió apenas pude separarme de la ventana. En su cara se dibujó una mueca de felicidad y preocupación a la vez, pero al igual que yo, no quiso romper el hilo que por unos segundos nos unía. Pero acepté la realidad. Me había hecho daño, y yo se lo había hecho a él. De diferente manera, pero al final y al cabo ambos habíamos roto los esquemas establecidos, nos habíamos pasado de la raya. Y debíamos aceptar que lo que una vez fue importante para los dos, había cambiado nuestra forma de ver la realidad. Me aparté así del cristal, empañado por mi respiración agitada y por el frío del exterior. Vi por última vez su cara. Sé que no quería rendirse. Yo tampoco lo hubiera hecho, pero las cosas no siempre salen como tienen que salir.
Pronuncié un hasta siempre que cazó al vuelo.
Y se alejó, cabizbajo, de nuevo entre las callejuelas, sin volver la mirada atrás.


Y la historia acabó en un suspiro, dejando atrás lo que un día nos hizo felices.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Grandes historias.

Las cortinas dejaban poco espacio para que la luz las traspasara. Beth, recostada en la cama, rememoraba aquellos días en los que era incapaz de guardar la sonrisa bajo la máscara, en los que la vida le daba igual, porque sabía que podía contar con que pasara lo que pasase, él siempre estaría allí. Con sus brazos grandes alrededor de su cintura, sus miles de lunares y sus canciones absurdas. Cuanto echaba de menos volar por carreteras desiertas colgada de la ventana del coche, con un pequeño monstruo a su lado, que intentaba sacarle una sonrisa. Y de aquellos días de Navidad, en los que la ilusión por decorar toda la casa de arriba a abajo no dejaba espacio para los problemas. Y las horas muertas, viendo películas románticas, llorando como una niña pequeña. No cabe duda que los buenos tiempos aún duran, que las pequeñas cosas a veces son las que más hay que apreciar, y que los malos tragos pasan, como todo, sin apenas darse cuenta.


Cuanto tiempo sin una pizca de felicidad en la cara.

lunes, 10 de diciembre de 2012

La historia termina cuando el vaso se vacía.

Me toca dar pasos en falso, palos de ciego. Lo hice y persisto. Parece ser que me gusta más de lo que desearía.
Tuve que volver atrás tantas veces que ya no recuerdo ni en qué día vivo. Voy dando saltos, rehaciendo escenas. El pasado ajado, fugaz. El extralímite de lo que mi cabeza me permite. La imagen de un "no" que hizo añicos el anhelo de ver sus ojos de nuevo. Un "jamás" bajo los pliegues de la piel. En silencio me pedían que el impulso me llevara a probar sus labios de nuevo. Pero como siempre, la cabeza lleva al corazón por el camino más razonable. Y cuánta rabia me da que me maneje el subconsciente, un "qué dirán", un "¿En serio vas a volver a hacerlo?" que hiere como el filo de un cuchillo. Resbalan las lágrimas, siempre que puedas escapar. Si no es así, no sofocan, si no que ahogan. Y te llevan a rodar entre las sábanas, oscuras, rozando los por qué y los por qué no.
Ser la pluma que lleva el viento, la luz que ciega, el poco rimel que queda tras expulsar los residuos de esencia que quedan en el cuerpo, es más fácil que emponzoñarte de miedo. Pero quién niega un chupito de Jack Daniel's y un cigarro a media tarde.



Heridas consumidas por la ceniza.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Aún te necesito.

Aún pienso cada fecha en ti. En mí. En lo que fuimos el uno para el otro. En aquel instante no pensé que te tendría cada minuto en mi cabeza, susurrándome que lo hice mal. No sé si por el hecho de haberte dejado, o por no quererte como es debido. Sin embargo, las cosas han cambiado, y ya no encuentro tus ojos entre la multitud. Lo peor de todo, es que cada vez que algo me recuerda a ti, me late fuerte el pecho. Y no puedo evitarlo. Y lo confieso, monto escenas como piezas en mi subconsciente, en las que me acerco a ti y te suplico que no me saques de tu vida a base de silencios. Que ya no puedo cambiar lo que tuvimos, y que aunque me obligaran no lo haría. Que fuiste más que un capricho. Créeme. Y que creí haberte hecho suficientemente feliz. Yo sólo pretendía hacer las cosas bien, pero eso en mi mundo no funciona. Y me rompe por dentro sentir que cada día es más duro decirte adiós. Que empieza otro año, y que estoy segura de que no querrás ver que no fue tan fácil decirte hasta nunca. Porque lo que de verdad quería decir era que tenía miedo. Como siempre.


Algún día daré con la solución. Algún día podré mirar al miedo a la cara y hacerle ver que ya no soy manejable.